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Location: Madrid, Madrid, Spain

Tuesday, August 15, 2006

Sexo Por Deber

Entre todo aquel jaleo nadie le echaría de menos, además los americanos parecían apañárselas muy bien solitos.

Alberto podía sentir el sudor resbalando por su espalda, la camisa verde oscuro no ayudaba mucho a combatir el terrible calor de aquel lugar. Aquello era un maldito desierto; las casas eran casi todas blancas o de fachada clara, generalmente bajas, de no más de tres pisos y el sol se reflejaba en ellas como si fueran espejos.

Un callejón cubierto por toldos conducía hasta una casa de una sola planta, el "hall" era un patio con una fuente y un pequeño jardín en el medio, la casa propiamente dicha tenía su entrada al otro lado del patio. Alberto se dio prisa en llegar hasta el dormitorio principal dónde Hguafha le esperaba. Hacía casi una semana que se escapaba todos los días a verla, pasar lejos de su mujer tantos meses era un sufrimiento para él y al fin y al cabo dentro de unos días volvería a España y nunca más vería a aquella mujer morena de ojos color miel.

El suelo estaba cubierto con una moqueta roja sobre la que descansaban un gran número de cojines blancos y mullidos. Hguafha estaba tendida sobre ellos, por única vestimenta llevaba un camisón de seda raso, de un color pastel claro. Alberto se deshizo del casco y de las botas lo más rápido que pudo y se arrodillo junto a la joven. Sus manos, grandes y fuertes le acariciaron una mejilla y sus labios dejaron escapar un suave soplido sobre el labio inferior de aquella mujer. Esto fue suficiente para que la tela de su camisón dibujase con perfecta claridad sus pezones. Esto no pasó inadvertido para Alberto que adivinó que su amante no llevaba ropa interior, sin embargo sus pechos tiernos y redondos se mantenían firmes, insinuantes; pudo sentir como los pantalones comenzaban a apretarle en la entrepierna.

Hguafha le quitó la camisa con una facilidad que sorprendió a Alberto y sus manos le acariciaron el torso, pasando continuamente por sus pectorales y su abdomen, que él apretaba con la intención de marcar aún más sus músculos abdominales. La lengua del militar acariciaba el cuello de la joven mientras su mano izquierda sostenía con delicadeza uno de sus pechos. Poco a poco se deslizó hasta la rodilla de la iraquí que comenzaba a jadear débilmente. Cuando Alberto levantó aquel camisón el cuerpo de la joven brillaba bañado en sudor.

Ella se recostó sobre el joven soldado que pudo sentir los labios de la mujer deslizarse por su cuerpo mientras sus hábiles manos le desabrochaban el pantalón. Tuvo que cerrar los ojos y dejar escapar un gemido de placer cuando la boca de la joven se cerró sobre su virilidad. Ninguno de los dos quería esperar más. En el exterior podían escucharse los disparos y las explosiones, pero les daba lo mismo.

Más allá del monte de Venus Alberto pudo sentir el calor de la joven al fundirse con ella. Ambos estaban envueltos en sudor y sus labios apenas se despegaban de los del otro. Una de las piernas de ella rodeaba la cintura de Alberto que marcaba el ritmo con movimientos lentos y acompasados. La noche llegó antes de que los dos amantes se separasen. El agotamiento físico fue tan grande que apenas pudieron mantenerse despiertos unos segundos antes de quedarse dormidos, completamente desnudos.

Cuando el primer rayo de sol atravesó la ventana Alberto se puso en pie, debía darse prisa. Comenzó a vestirse con presteza mientras Hguafha dormía. Al coger su camisa vio en el suelo una especie de carnet. Lo leyó; era de Hguafha. Junto a la firma de ella podía verse la del dictador iraquí.

- ¿Que ocurre? - el acento de la joven al hablar español era semejante a un afrodisíaco para Alberto.

Con el carnet aún en la mano Alberto miró directamente a los ojos de aquella hermosa huri. Ella comprendió lo que sucedía y se quedo petrificada, de rodillas sobre los cojines revueltos.


Un disparo hizo retumbar las paredes de la casa. Alberto salió de allí y sin volver la vista atrás corrió a tomar posiciones en la ciudad. Una mancha de color carmesí manchaba los cojines que sostenían a Hguafha, que yacía como dormida, desnuda, con los cabellos envolviéndola.

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